
En estos tiempos de crisis financiera estadounidense, que ya amenaza con ser mundial, muchos anti-liberales se sienten reivindicados en sus creencias ideológicas. Con actitud de “te lo dije”, pontifican sobre la necesidad de aplicar severos controles financieros, para someter a los banqueros de Wall Street, cuya codicia desaforada llevó el mundo a una crisis de proporciones semejantes a la de 1929.
Uno de nuestros pontífices locales, Teodoro Petkoff, comentaba socarronamente la semana pasada en el programa “Buenas Noches”, que Milton Friedman, profesor de la Universidad de Chicago recientemente fallecido e icono del neoliberalismo debía estar “revolcándose en su tumba”, viendo cómo esta oleada de intervención estatal directa sobre entidades financieras como AIG, Fannie Mae, Freedie Mac, y un largo etcétera, hacia trizas el modelo capitalista de producción.
Esta opinión, ya convertida en el consenso de los medios de comunicación, desde la BBC hasta TAL CUAL, como es natural enfatiza lo noticioso del escándalo financiero, por lo cual termina tomando el rábano por las hojas, y solo apela al recurso fácil, esto es, culpar de todo a la codicia de los banqueros de Wall Street. Esta versión periodística apenas nos cuenta 15% de la verdad, si tenemos en cuenta que esta crisis se comenzó a gestar hace 7 años, el 11 de septiembre de 2001, con el ataque terrorista a las Torres Gemelas; no desde que se comenzó a hablar de ella a mediados de 2007, con la caída del dólar frente al Euro.
El ataque terrorista sobre el icono del capitalismo financiero de Wall Street, se sumaba peligrosamente a la crisis de las dot.com de comienzos de década, amenazando los Estados Unidos con hacerla entrar en una recesión. Esto hizo sonar las alarmas del Banco Central de los Estados Unidos (el Federal Reserve, o “FED”). Entonces, el FED estaba presidido por aquel viejito poco hablador pero muy comunicativo, Alan Greenspan, quien ahora, luego de retirado, anda pontificando (¡otro pontífice!) por el mundo sobre como manejar un banco central, a 30 mil dólares por conferencia, posiblemente deseando que la gente pase por alto que el fue el padre de este Frankestein con apellido keynesiano.
Si, keynesiano. Porque gracias al desespero de Greenspan, el FED se dedicó a bajar las tasas de interés, ejecutivamente (por decreto), de 6.5% a 1% en apenas dos años, y las mantuvo en estos niveles hasta Junio de 2004, tiempo mas que suficiente para armar esta debacle financiera. Dentro del más puro catecismo keynesiano, Greenspan buscaba abaratar el crédito para reanimar la economía norteamericana. La nostalgia de los buenos años de Clinton y el susto por una recesión impulsada por el terrorismo, hizo que el establishment conservador (no liberal), de G.W. Bush, apelara al gasto público, y al dinero artificialmente barato, para promover el crecimiento económico amenazado.
Pues bien, el keynesianismo del FED y de la Casa Blanca impuso tasas artificialmente reducidas por seis largos años y un déficit fiscal de proporciones siderales. ¿Qué se esperaba de los bancos y otras entidades financieras? ¿Qué no usaran un dinero regalado que el gobierno federal les estaba ofreciendo precisamente, para ser colocado en el sistema financiero? En 2002, el mercado hipotecario era una oportunidad dorada para inversiones fáciles; en diez años, el precio de la vivienda se duplicó en EE.UU. en términos reales. ¿Qué hubieran dicho de los banqueros entonces si se hubieran abstenido de invertir en una industria naciente, con semejantes tasas de retorno?
De hecho, quienes ahora claman por establecer controles gubernamentales a la codicia de Wall Street hubieran sido tomados por locos en 2003 o 2004 de haber planteado algo similar. Pues hubiera sido un contrasentido restringir las mismas operaciones que se querían estimular, en aquellos tiempos felices, cuando solo se hablaba del crecimiento de la economía norteamericana con baja inflación. La gente se acuerda de la resaca luego de la fiesta, no durante la fiesta.
¿Que hubo irresponsables que prestaron dinero sin garantías hipotecarias? Por supuesto. ¿Cómo no haberlo? Cuando el dinero es barato, los bancos están ahítos de dinero que deben colocarlo como sea. Pues si no lo hacen ellos, lo hará la competencia, quedándose con el mercado. Y cuando hay un mercado por atender, se busca el dinero de donde venga. Eso fue lo que indujo a la titularización de hipotecas en títulos MBS (mortgage backed securities), para combinar buenas hipotecas “prime” con hipotecas malas “subprime”, estas ultimas aprobadas a deudores “ninja” (no-income, no-job, no-assets), es decir, a deudores a punto de caer en morosidad.
En otras palabras, un mercado dopado por dólares baratos hizo que los banqueros se embarcaran en una loca carrera por prestar ese dinero inesperado a como diera lugar, a quien fuera, aunque no tuviera garantías reales. En un mercado apalancado por el FED hacia el alza, ¿quien iba a ser el aguafiestas en llamar a la prudencia? Total, si los activos adquiridos con esos prestamos subían de precio, eso era suficiente garantía. Nadie reparó en que la fiesta se acabaría al terminarse el ron. Cuando se hizo necesario rescatar el dólar en su caída frente al Euro, se hizo necesario subir las tasas de interés hasta llevarlas a 5.25% en septiembre de 2007. Se acabó el dinero barato; los precios de las viviendas comenzaron a estancarse, y el mercado de valores, a tambalearse. Luego de la volatilidad del último año, finalmente sobrevino la debacle.
El consenso keynesiano en política monetaria no es casual. Este enfoque trasunta la cabeza de todo banquero central, quien cree que sabe mejor que nadie cuanto dinero debe aceitar el sistema económico, independientemente de si ese dinero efectivamente existe o no. Incluso, cree que sabe más que la gente misma, que es en definitiva quien pone ese dinero en el sistema, con sus decisiones de consumo o, alternativamente, de ahorro.
Esta concepción keynesiana de los problemas monetarios, adquirida desde la mas tierna infancia profesional (esto es, la universidad) lleva a pensar que la economía deprimida se puede revivir con inyecciones de dinero ficticio, que no es producto del ahorro real de la sociedad, sino de las manipulaciones del gobierno sobre las tasas de interés, o sobre la cantidad de papel moneda que inyectan a la economía. De esta manera, igual que los alquimistas de la Edad Media, los keynesianos creen que pueden convertir en oro algo que no lo es. El resultado: Estallan las economías y luego todos nos preguntamos, ¿quién tuvo la culpa de todo esto?
Desde luego, sujetos como Richard Fuld, presidente de Lehman Bros. entre 1993 y 2007, quien en apenas unos meses fulminó una institución de de 158 años, luego de ganar un sueldo de 45 millones de dólares, solamente el año pasado, merecen la burla colectiva, por decir lo menos. Teniendo en cuenta estos números, Nicholas D. Kristof, columnista de NYTimes recomendaba (17 Sept.) a Lehman Bros. contratar su nuevo presidente con un aviso de prensa que dijera: “¿Buscas empleo? Te ofrecemos 17.000 dólares por hora. No necesitas experiencia.”
Sin embargo, más allá de sus mordaces observaciones los periodistas deberían abandonar el recurso fácil de atribuir todos los males nos vienen de la codicia o la estupidez humana, y preguntarse si estas cosas sucederían, de no haber siempre detrás ellas un político-banquero central como Alan Greenspan dispuesto a apalancar estas idioteces con dinero ajeno.
Puede que Milton Friedman se esté revolviendo en su tumba, de la risa, viendo las interpretaciones a una crisis creada, y ahora criticada, por estos pensadores keynesianos.