Ideas de Libertad y Prosperidad

Octubre 25, 2009

Las consecuencias no intencionadas // Osmel Brito-Bigott

Archivado en: Osmel Brito-Bigott, Tecnología, Venezuela — libertadyprosperidad @ 10:33 pm

Hace dos años los venezolanos tuvimos que retrasar nuestros relojes media hora. Según el ministerio de ciencia y tecnología, dirigido en ese entonces por el inefable Hector Navarro, este cambio beneficiaría a la población, ya que por tener una mayor exposición a la luz solar, se vería incrementada nuestra productividad en el trabajo y en el estudio. Se nos dijo adicionalmente, que esa media hora permitiría, que pudiéramos levantarnos con la luz del sol, ya que en la medida que las condiciones de tráfico de las principales ciudades, en especial Caracas, han ido empeorando, los ciudadanos hemos tenido que levantarnos cada vez más temprano para poder llegar a nuestros sitios de trabajo o estudio.

Ah, pero lo que nuestros planificadores gubernamentales no tuvieron en cuenta, o quizás se les pasó por alto, es que así como con la media hora menos en el huso horario, hay la sensación de que amanece más temprano, así también oscurece más temprano, por lo que el uso de la luz eléctrica se incrementaría durante las horas de penumbra. Eso es lo que se llama las consecuencias no intencionadas de la planificación humana.

Es bien sabido que el parque eléctrico nacional no recibe inversiones desde hace años, incrementándose esta desidia en estos diez años de gobierno socialista. Las únicas empresas que medianamente realizaban inversiones y mejoras eran las privadas (Electricidad de Caracas, Enelven y Luz Eléctrica de Venezuela) pero, por órdenes del comandante supremo, todo el sector eléctrico fue estatizado. El dinero de las inversiones que realizaban estas empresas ahora se destina a “inversión social”, ese concepto absurdo que vuelve a las empresas una especie de casas de beneficiencia pública.

En los últimos meses los venezolanos, de cualquier clase social y de cualquier simpatía política, hemos tenido que sufir ausencias y recortes en el servicio eléctrico. Recortes que ahora llaman de manera muy cínica, racionamientos preventivos. Y peor aún, el gran lider socialista amenaza con recortar el servicio eléctrico a quienes pagan, como los centros comerciales y las empresas privadas, porque hay que recordar que las empresas y oficinas públicas siempre han mantenido deudas gigantescas con las empresas del sector eléctrico.

¿Qué hubiese pasado si estos recortes los hubiesen realizado las empresas siendo privadas? Hubiésemos visto a personajes como Eduardo Samán, torquemada del acceso de las personas a los bienes y servicios, ir a multar y perseguir a estas empresas por “estafa y mal servicio a los usuarios”. Ah, pero como las empresas son públicas, de eso no se habla, es un racionamiento preventivo. Los usuarios deberíamos ir a denunciar y demandar a estas empresas ante el Indepabis y ante los tribunales. No van a hacer nada, pero que quede constancia de su ineptitud y complicidad.

¿Por qué mejor no adelantamos el reloj de nuevo y devolvemos la propiedad de las empresas eléctricas al sector privado? De eso ni hablar, porque el gobierno y la oposición socialista no creen en la propiedad privada.

Octubre 19, 2009

El Estado, el Gobierno y el Pueblo // Liliana Fasciani

Archivado en: Liliana Fasciani, Política, Venezuela — libertadyprosperidad @ 1:49 am

No me explico por qué insisten en hablar constantemente de los problemas del país, en enunciarlos una y otra vez, en referirse a ellos como si se tratara de problemas nuevos, recién surgidos, como si hicieran hallazgos inéditos, cuando en realidad llevamos con ellos tanto tiempo que forman parte de nosotros. Ni el gobierno ni la oposición han aprendido, en todos estos años, a pensar en esos problemas como suyos también. Siguen refiriéndose a ellos en tercera persona, como si pertenecieran solamente a los demás e insisten en explicar las causas en vez de buscar las soluciones.

Diría que el más grave de todos los problemas es no pensar en ellos como fenómenos sociales que debemos solucionar, sino como meras consecuencias de las acciones y omisiones gubernamentales –del pasado y del presente– frente a la degeneración de los valores morales. El problema es, por tanto, que no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo para ejecutar las soluciones, lo que hacemos es dar vueltas alrededor de los problemas, como si con enunciarlos conjuráramos un maleficio.

En vez de buscar culpables o de culpar a otros, el paquete discursivo debe contener propuestas y convocar a los ciudadanos a trabajar por éstas. Si en su resbaladiza retórica los políticos se abstuvieran de señalar a otros con el dedo, de fanfarronear, amenazas y dirigir un coro de eslóganes estériles, si en cambio plantearan sus puntos de vista acerca de cómo y cuándo resolver tal y cual problema concreto, si con toda claridad gobierno y oposición admitieran que solos no pueden llevar a cabo semejante empresa; si en su larga y tediosa espera por una ayuda o por un milagro, el pueblo asumiera su cuota de responsabilidad ciudadana, es probable que llegara a sentirse motivado para participar en el esfuerzo, porque tendría conciencia de que el goce de sus derechos depende del cumplimiento de sus deberes y apreciarían que se les tratara como adultos capaces y no como minusválidos sociales.

Salvo unos pocos concejales, alcaldes y gobernadores que arañan a duras penas sus exiguos recursos y han logrado el respaldo de sus comunidades para realizar un trabajo conjunto, el resto del país se descalabra ignominiosamente.

Las soluciones a la mayoría de nuestros problemas no las tiene el Estado, las tenemos nosotros.  El Estado lo que tiene es dinero, pero la riqueza petrolera no es para repartirla graciosamente, sino para reinvertirla y distribuirla a través de servicios públicos de calidad, oportunidades de estudio, fuentes de empleo, seguridad y desarrollo. Seremos auténticamente libres e independientes cuando el gobierno propicie las condiciones necesarias para que las personas tomen sus propias decisiones respecto de cómo desean vivir y qué quieren hacer para mejorar su calidad de vida. Seremos un país autónomo y próspero cuando los esfuerzos particulares de los ciudadanos encuentren respuesta adecuada en los esfuerzos del gobierno por garantizar a la colectividad los mismos derechos y exigir las respectivas bligaciones. Pero mientras se pretenda hacer del Estado un monstruo omnipotente y omnisapiente, desbordado en su capacidad y en sus atribuciones, el pueblo seguirá siendo una masa informe y desordenada de hombres y mujeres sin incentivos, sin bienestar y sin responsabilidad

Privilegismo // Nicomedes Zuloaga

Archivado en: Política, Venezuela — libertadyprosperidad @ 1:40 am
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Artículo publicado en La Esfera, 6 de junio de 1961

En la terminología de Marx y Engels, los términos “socialismo y comunismo” son sinónimos.  Hasta 1917 ningún marxista se atrevió a establecer una diferencia entre ambos.  En esa época, quienes consideraban como su evangelio al Manifiesto Comunista se denominaban simplemente “socialistas”.  Cierto es que Marx, en su Crítica al Programa de Gotha, establece que hay una fase primera e inferior y otra segunda y superior del socialismo, pero nunca las distinguió como socialista la primera y comunista la segunda.  Sólo cuando en la primera etapa de la revolución rusa se recrudeció la lucha entre los de la minoría o parlamentarios (mensheviks) y los de la mayoría o revolucionarios (bolsheviks), aparece el término “comunista” para designar a estos últimos.  Y cuando posteriormente Lenin constituyó la Tercera Internacional para exportar su forma violenta de revolución socialista, la denominó Tercera Internacional “Comunista”.  Hoy en día, los soviets tratan de distinguir entre ambos vocablos, aludiendo al socialismo como una etapa anterior del comunismo, pero el propio nombre de Rusia los traiciona.  Ellos no se denominan comunistas, son la Unión de Repúblicas “Socialistas” Soviéticas.

Hay muchas especies de socialismo: el ruso o burocrático; el nazista o de economía compulsiva; el fascista o corporativo; el utópico, el científico, el fabiano, etc., pero todos ellos están de acuerdo en la tesis fundamental: en la propiedad por el Estado de los factores de producción.

En nuestra situación política partidista no hay una verdadera discusión sobre el asunto.  Todos los partidos son socialistas.  Sus líderes, muchos de buena fe, muchos amigos míos, defienden al socialismo no por él mismo, sino como la única fórmula que conocen para combatir al capitalismo.

Pero en la Venezuela de nuestros días ser socialista no es necesariamente ser comunista.  Aprendimos en estos últimos días que nuestros socialcristianos se consideran socialistas cristianos (marxistas que van a misa), que quieren inclusive darle lecciones a sus colegas europeos de como debe manejarse la cosa pública para obtener una verdadera “justicia social”.  Nuestro ministro de Minas, también en estos últimos días nos informó que aún cuando en el campo internacional era partidario del cartel y del monopolio (hijos legendarios y odiosos del capitalismo), porque ellos no iban dirigidos sino contra las naciones “ricas” que usan el petróleo como combustible (las que se ponen ropa, por ejemplo), en el campo nacional su partido era socialista.  En otras palabras, que en su concepto el capitalismo era bueno sólo cuando se constituyera la compañía anónima “Venezuela S.A.” y lo explotara debidamente.  En cuanto a la desintegración amarilla (URD), en el campo ideológico ellos nunca han sido realmente nada, aunque de vez en cuando, según y como las circunstancias, sus líderes han ido del fidelismo al burguesismo.  Pero todos ellos, sin excepción, dicen no ser comunistas.  Todos están de acuerdo, sin embargo, en que son definitivamente anticapitalistas.

Ahora bien, a mí se me hace que los líderes influyentes de esos partidos critican a ese capitalismo sin conocerlo.  Lo identifican con el sistema económico privilegista que ha existido en casi todos los países de América Latina, en los cuales las fortunas no han sido, con muy honrosas excepciones, fruto de haber servido mejor y más barato las más urgentes necesidades del pueblo, sino, muy por el contrario, consecuencia directa y sostenida de un privilegio otorgado por el tirano de turno.  No quiero decir con esto que el pecado original del privilegio se transmita por ósmosis a quienes posteriormente han concurrido al mercado, ya cerrado, para echar a perder el festín del primer privilegiado, pero es evidente por lo menos que los beneficios así obtenidos no pueden calificarse como “capitalistas”.  Esos líderes han conocido al capitalismo sólo a través de sus críticos irracionales, los marxistas, sin preocuparse nunca de averiguar en forma científica y objetiva si esas críticas eran realmente fundadas.  Ellos han confundido, repito, al capitalismo con el privilegismo.  Consideran odiosa la posición de quien se atreve a defender hoy una economía de mercado, porque creen que quien lo hace es movido sólo por un interés clasista, para defender el privilegio, sin darse cuenta de que mediante ese sistema no solamente acabaríamos con esos privilegios de origen tiránico, sino también con aquellos otros hoy más de moda, los de origen partidista.

La democracia, para mí, no es un fin en si misma.  Es sólo el único método pacífico para cambiar de gobernantes.  Ella no garantiza que los mejores sean elegidos para la función pública, pero tampoco lo garantiza ningún otro sistema.  Los elegidos que hoy gobiernan, y quienes pueden ser escogidos en los próximos comicios, están en el deber ineludible de estudiar objetivamente y comprender todos los sistemas político-económicos que ha ensayado la humanidad, para poder así, con verdadero conocimiento de causa, valorar y preferir entre ellos, aún cuando esto signifique tropezar con palabras raras que posiblemente no se encuentren ni en el diccionario presidencial, como “cataláctica”.  Para mí no cabe duda, Moral y Luces siguen siendo nuestras primeras necesidades.

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