“No quiero un gerente como presidente”, me dijo en 2007, cuando ya se daba por cierta la candidatura de Sebastián Piñera. “¿Por qué tanto te disgusta la idea de un empresario como presidente?”, cuestioné. “No necesitamos que manejen el país como una empresa. Y un empresario sólo defenderá sus intereses”, respondió ella.
La creencia de que los empresarios deben mantenerse alejados de la política es popular, especialmente en América Latina. No lo es tanto en sociedades con instituciones políticas ejemplares y con ideas más claras sobre qué cosas realmente importan para la gestión pública y la libertad. Suele advertirse que política y gerencia son dos cosas muy distanciadas – no se conduce un país como una firma de servicios – y que los ricos y empresarios buscan el poder sólo para llenar sus arcas. En esta nota trataremos lo segundo y el resto en la siguiente publicación.
El triunfo de Martinelli en Panamá fue el acabose para muchos: “Venderá el país”; “entregará el canal a los gringos”. Mucho antes, en Venezuela, un empresario acomodado y político, Salas Römer, quien había logrado una muy reconocida gestión gubernamental en el Estado Carabobo, había sido desechado como opción en 1998, dando paso a Hugo Chávez, un teniente coronel conocido por un fallido golpe de estado en 1992. En Chile, especialmente para sectores izquierdistas, la victoria de Piñera es el principio del fin. Le llaman “Sebastián Piraña” por la voracidad con la que se supone devorará el erario público. Y, por cierto, ya se ha anunciado el fusilamiento político de su “gabinete empresarial”.
Quizás detrás de estos prejuicios se oculta aquel conocido pasaje bíblico que sentencia el impedimento a los ricos para visitar – ¡y, por Dios, también para habitar! – el Reino de los Cielos. Pasaría antes un millar de camellos obesos a galope furioso por el ojo de una aguja que un rico a los predios del Señor. Pero aunque sólo alados elefantes blancos y con un cuerno en la frente pudieran atravesar el diminuto ojo de la dichosa aguja, y con los ricos y empresarios destinados a lustrar las chimeneas del Infierno, condenarles socialmente y espantarse si buscan cargos públicos es absurdo y ridículo. Pero, lo peor: es peligroso.
Ricos y empresarios son mal vistos, porque el éxito y la riqueza son mal vistos, insisto, en nuestras sociedades, plagadas de prejuicios y resentimientos. Y si el potentado, además, es elegante, tiene ojos y cabellos claros y “apellido”, es también un “patrón de fundo” explotador. Escobar Gaviria, narcotraficante de origen humilde y hombre de “obras sociales”, murió con mejor reputación que muchos empresarios honestos.
El credo de esta ideología establece que no hay cómo de hacerse de bienes y de comodidades si no es arrebatándolas a otros. Unos ganan porque otros pierden (Eduardo Galeano eleva magistralmente esta bobada a explicación del subdesarrollo latinoamericano). Por ello se piensa que el rico es siempre un déspota miserable y el pobre una víctima en la más completa indefensión. No importan las incontables historias de personas trabajadoras que han llegado a la cúspide del bienestar, como tantos inmigrantes que arribaron a estas tierras con una mano adelante y la otra atrás e hicieron fortunas millonarias a fuerza de romperse la espalda con determinación, esfuerzo y mucha creatividad.
Lo anterior corresponde a lo ridículo y absurdo. La parte peligrosa tiene que ver más bien con “los intereses”, que además también es una gran tontería. El credo dice que sólo los ricos tienen intereses y deseos malsanos que serán satisfechos a costas del aparato gubernamental y de los bienes públicos. En cambio, las almas desposeídas, inmaculadas por naturaleza, sólo buscan el bien de todos, la paz, la armonía y la justicia. Así, lo que debe impedirse a capa y espada es que ricos empresarios, todos despiadados, pérfidos y codiciosos, pongan sus sucias garras sobre el gobierno.
Esta convicción ideológica va acompañada de ingenuidad – para no decir idiotez -, dejando abierto un flanco de altísimo riesgo, al bajar las defensas y reservas ante los charlatanes de discurso popular, los redentores de los pobres que, una y mil veces, resaltan su origen humilde y su pertenencia al pueblo. Pero muchos “hombres del pueblo” han empleado sistemáticamente artilugios retóricos y manipulación de masas para imponer tiranías. ¿Necesitó Hitler ser rico y empresario para sus malévolos propósitos? ¿Fueron Stalin o Ceausescu acaudalados hombres de negocios? ¿Fue un Fidel Castro gerente o rico empresario el que llegó para instaurar la dictadura más longeva e improductiva de América Latina? ¿Han necesitado Chávez y Morales cuna oro para meterse el Estado en sus bolsillos y mantener a toda la sociedad entre suela y piso? ¿Cuántos de los más grandes corruptos de la historia no llegaron al poder como humildes hombres y mujeres del pueblo? ¿Cuántas tiranías no han instaurado líderes “humildes”? ¿Cuántos desastres y barbaridades no han hecho mayorías populares, con “hombres sencillos y buenos” a la cabeza? Lo que han necesitado los más despóticos y corruptos gobernantes de la historia ha sido un número grueso de tontos (y resentidos), un puñado de malintencionados y una escasa o nula valoración de la libertad individual, traducida en pobres o inexistentes instituciones democráticas.
Popper criticó sin piedad a Platón por preocuparse de quién debería gobernar. Nadie quiere el gobierno de los malvados o de los ineptos, sino el de los buenos y de los sabios. Y porque allí mandan las percepciones, ideas, valores y creencias de las altamente falibles mayorías, en tanto formadas por seres humanos, todos imperfectos, tal cuestión es irrelevante. Por eso estimó que había que ocuparse de qué instituciones y leyes se necesitan para evitar que los malos gobernantes hagan demasiado daño sin tener que defenestrarlos.
Las sociedades han de procurarse instituciones eficientes, no grandes y todopoderosas, sino eficientes y, además, armadas de efectivos mecanismos de seguridad para evitar que los gobernantes y funcionarios, cualesquiera sean, hagan travesurillas. Es por eso y no por capricho que existen los poderes independientes, la alternancia en el poder, la prensa libre, el pluralismo político y demás dispositivos de alarma y ajuste. Ocuparse de la calidad de éstos es lo importante. Lo demás es perder el tiempo y arriesgar muchísimo más que eso.